Nací en Madrid el día de Navidad de 1976. Según las crónicas cuando mi madre se puso de parto el chocolate y los churros volaron por los aires, salpicando profusamente el siniestro cuadro de caza que por aquel entonces presidía el pequeño comedor de nuestra vivienda. Mi madre regentaba una pensión (Casa de Huéspedes humilde donde las hubiera, con un único cuarto de baño a compartir entre inquilinos y familia) en la céntrica e infame calle de la Ballesta, detrás de la Gran Vía. Cuando cruzaba las aceras para ir al Colegio de monjas donde estudiaba, vestida con mi uniforme azul, me iba topando con prostitutas, heroinómanos y camellos. Jamás ninguno de ellos me molestó en mis trayectos: existía una especie de código silencioso por el cual a los vecinos del barrio de toda la vida no se nos acosaba. Día sí y día también me asomaba al balcón para ver llegar a la policía con el objetivo de detener las recurrentes peleas entre los personajes de baja estofa que poblaban mi calle, y constituía para mi un verdadero entretenimiento el procurar identificar de quién trataba la película cada vez.
Mi familia nunca ha dejado a nadie indiferente. Decir que mi madre era peculiar es quedarse muy corto. Podríamos definirla como una mujer con el cabello y la mente permanentemente despeinados. Entre todas las excentricidades de nuestro clan, y hubo muchas, un aspecto resulta de especial relevancia para narrar mi historia posterior, y es el hecho de que mi abuela, madre y hermana siempre fueron sensibles a presencias invisibles para otros. Mi querida abuela Florinda repetidamente veía al mismo hombre negro y alto en nuestro pasillo, y mi madre a una mujer anciana con un gato negro en los brazos. El pasillo de la pensión ha sido desde mi infancia un escenario frecuente en mis pesadillas: corro y corro, pero no logro llegar al umbral del comedor, y siento que en uno de los cuartos -uno de dimensiones muy reducidas, sin ventanas, en el que dormía a menudo mi abuela- algo oscuro y denso aguarda pacientemente hasta que deje de intentar escapar para atraparme. Las paredes se estrechan y el techo baja poco a poco, y en el angosto espacio entre la diminuta cocina y el escuálido comedor mi madre y mi abuela, a veces mi hermana, otras mi padre, hablan en voz baja sin prestar ninguna atención a mi angustia.
Cuando cumplí diez años dejamos atrás la pensión (y no pocas deudas con el casero) y nos mudamos al Barrio de Embajadores. En aquella época era común para mí regresar del colegio y escuchar a mi madre contar que los utensilios de la cocina se habían descolgado y rebotado contra la pared del frente, o que las luces tililaban, y oir a mi abuela y a mi hermana darle la razón. Yo jamás presencié nada, pero lo creía cierto. ¿Qué motivo hubieran tenido para inventárselo, si no se lo contaban a nadie más?… en cualquier caso a lo largo de los años he constatado que hay una línea muy fina entre los problemas de salud mental y la sensibilidad hacia lo oculto y extraordinario, y que es demasiado fácil confundir lo uno con lo otro.
Mi hermana nació once antes que yo (de otro padre, por cierto, pero esa es otra larga historia) y su deporte preferido siempre fue fastidiarme. En cada ocasión en que le resultara posible, con método y sin piedad. Ni siquiera se molestaba en disimular. A mí me gustaba curiosear entre sus cosas en cuanto tenía ocasión, probar sus perfumes, cremas y maquillajes, y así un día me topé con sus cartas de Tarot. Cuando cumplí dieciséis me compré la primera baraja que fue solo mía, la escondí y no se lo conté a nadie de mi familia (ni mucho menos a mi hermana, pero desde que lo averiguó jamás dejó de darme periódicamente la matraca repitiendo que la verdadera bruja de la familia era ella).
Han pasado más de tres décadas desde entonces, y admito que siempre me ha resultado sencillo entender las historias que narra cada arcano. Hoy puedo decir que el Tarot sólo me ha traído dones: las cartas han sido mi instrumento esencial de trabajo y merecen mi completa gratitud por cuanto me han entregado. He aquí el por qué de este blog: algo creo desmadejar acerca de cómo somos las personas, de qué nos preocupa, qué nos motiva y qué nos convierte en seres a la vez extraviados y extraordinarios.

Deseo que te agrade leerme… Te doy gracias por el tiempo que me dediques, espero sumar.
Vanessa Ruiz.
