Conectar con nosotros mismos y sintonizar con el mundo

Nuestro planeta cumple con los ciclos naturales de germinación, fruto, decadencia y muerte para recomenzar después de nuevo desde la semilla. La naturaleza nos enseña que son tan necesarios los momentos de despedida como los más luminosos y felices. No somos idénticos a nosotros mismos a lo largo de los años, nos acompañan diferentes personas, unas entran, otras salen y sólo unas pocas permanecen, y mientras tanto vivimos de maneras diversas según la etapa que atravesemos… ¿Acaso la vida no es en sí una posibilidad siempre abierta? ¿Por qué entonces nos empeñamos en tener razón? ¿De veras eso importa? Quizás nos resultara mucho más grato transcurrir por el sendero sin demasiado apego a lo que creemos entender.

En la escuela nos enseñan matemáticas, geografía, lengua… pero no se dedica ni un minuto a hacernos sabedores de que el que alcancemos el éxito en la vida muchas veces no dependerá de cuánto hayamos sido capaces de memorizar, sino de las veces en las que acertemos a la hora de entender a quien tenemos en frente. No se trata, por ejemplo, de tener buena o mala fortuna en el amor a la hora de encontrar la pareja ideal, sino más bien de saber comunicarnos y de tener voluntad de querer entender al otro. Es por ello por lo que resulta imprescindible aprender a manejar un diccionario de emociones para identificar correctamente lo que sentimos y hacemos sentir.

Solemos experimentar con mucha más intensidad lo que nos separa de quienes nos rodean que lo que nos hermana con ellos, a menudo interpretamos mal las situaciones y actuamos impulsivamente rompiendo en lugar de construir. Cuántas veces no hemos lamentado decir, hacer algo, sin antes habernos detenido a entender bien todas las partes. A menudo nos sentimos ofendidos o amenazados en nuestros intereses sin llegar a comprender que quizás no tengamos toda la información, que damos demasiadas cosas por sentado. ¿Acaso no resulta mucho más útil trabajar a favor de obra, por el beneficio de todos, sin arrastrar prejuicios?

La naturaleza nos muestra que no siempre se gana individualmente, pero que incluso eso puede resultar conveniente para el total de las partes. El planeta se autorregula, se inician y se terminan vidas, y todo encuentra su último sentido en la interconexión del conjunto de las piezas. ¿Por qué no vivir más conscientemente de acuerdo a esto, procurando no sólo el bien propio, sino el de todos?. Con la pareja, en el trabajo, con la familia y amistades, ¿no es más positivo crear nuevos lugares desde los que compartir que esforzarse en levantar muros y señalar dificultades insuperables? ¿Qué ventaja hay en aferrarse a supuestas verdades propias que nos alejan de los demás? ¿No podemos dedicar el tiempo necesario a escuchar con espíritu receptivo todas las versiones posibles acerca del relato de la vida?. Quizás entonces descubriéramos que, acercándonos a los demás, nos entendemos mejor con nosotros mismos.

«¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?

¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?

¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún motivo tañe?

¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?

Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.

Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.

Si el mar se lleva una porción de tierra, toda

Europa queda disminuida, como si fuera un

promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o

la tuya propia.

Ninguna persona es una isla; la muerte de

cualquiera me afecta, porque me encuentro

unido a toda la humanidad; por eso, nunca

preguntes por quién doblan las campanas;

doblan por ti».

John Donne.

admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba