A la tierra le lleva 365 días -y casi seis horas- dar una vuelta completa al sol: a este tiempo que tarda en completarse el movimiento de traslación se le llama año. Además, nuestro planeta gira sobre su propio eje: las noches siguen a los días, y estos a ellas, porque ocurre esta rotación. Para hacer un cambio radical en tu vida tú sólo necesitas virar 180 grados sobre ti mismo, y ello significará una variación total con respecto a la dirección que llevabas hasta ahora.
Esperar a que las cosas cambien, a que mejore nuestra suerte, a que los demás dejen de hacer lo que no no gusta que hagan, es un gravísimo error: el paso del tiempo sin más, sin movimiento propio, sólo nos traerá la repetición de las mismas situaciones, aquellas que lamentamos una y otra vez. Las decisiones más importantes de nuestra existencia nos exigirán dedicación y compromiso, en el mejor de los casos nos llevará muchos días completarlas con éxito, probablemente meses, o incluso años, pero cada jornada que pasemos consagrados a encontrar el sentido de la vida nos compensará de todas las que anteriormente hayamos empleado inútilmente en reiterar viejos errores.

Llegados a los cuarenta años habremos vivido, seguramente, al menos la mitad de nuestro tiempo. Es un momento ideal, si no lo hubiéramos conseguido antes, para trazar una línea de cambio y convertirnos, al fin, en protagonistas de nuestra propia historia. Se hace imprescindible aprender a alejar lo que no podemos soportar que se repita y aproximarnos al cumplimiento de una existencia activa, y no reactiva. Nadie puede, y no debemos permitirlo, elegir por nosotros. El libre albedrío es el mayor de los dones, pero trae consigo la exigencia de ejercerlo con sentido de la responsabilidad para con uno mismo: los guiones tóxicos que venimos arrastrando del pasado se hacen imposibles de sostener, y deben quedar atrás definitivamente.
Ocupar nuestra propia vida, llenar nuestro presente de sentido, resulta la mejor elección: la única posible para experimentar el aquí, hoy y ahora. Quizá sea la primera vez que te prestas verdadera atención, acaso no te has detenido antes escucharte, a cumplir lo que de veras necesitas, pese a quien pese. Quédate de tu propio lado, cuida y protege a la persona más importante, que no es otra que tú mism@. No hay nadie a quien esperar, no será otro el que te quiera, si no te amas tú. Esto es el auténtico amor racional hacia uno mismo, con todos los defectos y virtudes, errores y aciertos, y te permitirá desarrollar, sin culpa y de modo incondicional, entenderte, aceptarte y crecer.
El tiempo vuela y urge atender al propósito que deseemos dar a nuestra existencia, porque pronto nos alcanza la vejez, y entonces ya sólo queda llorar sobre la vida no vivida. Podemos ser diferentes a lo que fuimos en la primera parte, y para ello hay que atreverse a desechar lo que nos aparta de la felicidad. Si quieres una vida distinta hay que tomar decisiones y cambiar lo que no nos gusta en nosotros. Implica valor, sí, pero es infinitamente más rentable que aguardar inútilmente a que el mundo nos de la oportunidad que nosotros mismos no nos tomamos. Quizás implique que se rompan relaciones, que haya quien no nos entienda, quien nos desapruebe, quien nos boicotee en el cambio, sí, pero la experiencia de libertad trae consigo nuevas compañías y experiencias. El calabozo se abre desde dentro. Descarta a quien te limite y a aquel que procure dañar tu recién rescatada confianza, la creatividad que emerge en ti, el amor propio que antes no tuviste.
Pregúntate a menudo qué quieres para ti y ve realizando pequeños cambios, porque ello modifica poco a poco la dirección y el rumbo. Si ya has tenido más que suficiente de todo lo anterior, crea tu propia buena suerte y manifiéstala. No escuches ni un minuto más a quien te aleja de una vida libre y plena y dedica tu atención a tu propio latido. Sé tu mejor compañía cada día. Da tu propia vuelta al sol.
