¿Consigues vivir libremente el presente o te retiene la emoción de la culpa?… considerar esto no es tan sencillo como podría parecer en una revisión superficial de nuestras actitudes y sentimientos, porque mucho más frecuentemente de lo que creemos nos vemos condicionados por los que los demás piensen de nosotros. Entonces no actuamos con coherencia propia, sino de acuerdo a lo que otros esperan que digamos o hagamos. Y esto puede convertirse en una muy mala costumbre, con resultados pésimos para nuestra salud emocional y relacional.
La culpa es la sensación interna de haber hecho algo malo, de haber causado daño, de haber infringido alguna expectativa o norma ajena. Es un sentimiento persistente que se acompaña de tristeza, angustia, frustración, impotencia y remordimiento, y trae consigo toda una rueda de pensamientos reiterados e improductivos. En la culpabilidad no hay nada nuevo, todo es antiguo y está desgastado. La culpa causa en nosotros un profundo dolor psíquico y desvía nuestra atención de lo único de lo que verdaderamente disponemos, el presente, para hacernos revisar lo que no hicimos por nuestra propia felicidad, lo que no dijimos, aquello en lo que fallamos. Interpretamos nuestra historia al revivirla mentalmente y elaboramos pensamientos que corroboren nuestras sesgadas interpretaciones. Nos escondemos tras los que nos rodean porque supuestamente anteponemos sus necesidades a las nuestras… y así nos vamos quedando atrapados en la tela de araña del victimismo, del sacrificio, de la renuncia a los propios sueños. Nos sentimos culpables por lo que fue y nos preocupamos por lo que será si no actuamos de una determinada manera, no conseguimos relajarnos ni ser espontáneos y el día a día se convierte en un rumiar donde el derecho a elegir quienes somos va quedando relegado indefinidamente.

En su justa medida el sentimiento de culpa es útil y necesario, ya que nos ayuda a mantener una sana autocrítica, a no repetir errores graves y a aprender a no perjudicar a los que nos rodean con actitudes equivocadas. El problema llega cuando la sensación de culpabilidad es desproporcionada, distorsionante, y cuando bloquea nuestra capacidad de elegir cómo vivir nuestra vida, agrade o no a quienes nos rodean. Ejercer como adulto implica cuidar el modo en que decimos lo que pensamos de los temas importantes, pero no dejar de expresarlo si resulta necesario hacerlo. No siempre es imprescindible satisfacer a los demás… ni siquiera es positivo si el peaje a pagar supone renunciar a lo que nos hace felices. ¿Eres mejor persona por disfrazarte de renuncia y resignación, forzándote a actuar de modo contrario a tu emoción?
Asume sólo la porción de responsabilidad que te corresponde, ni más ni menos, y siéntete capaz de explorar el modo correcto de hacer lo que debes. Puede que tu solución no coincida con la demanda de los demás, pero bien puedes darte el permiso de intentar una y otra vez hallar tu propia manera exitosa de resolver los problemas. Cede si es justo hacerlo, pero mantente firme cuando tus razones sean más fuertes: si nadie tiene derecho de erigirse como juez de tu vida tampoco te cargues tú mism@ con culpas inútiles. Aprende y avanza. Revisa, reflexiona, asume y madura… ¿Entiendes bien hasta qué punto eres merecedor del derecho a acertar o equivocarte, a elegir cómo, cuándo, con quién?
No esperes que nadie llegue (y mucho menos quienes más cerca tienes) y te de permiso para vivir en coherencia. Comienza por escoger eso: descubrir quién eres, y no seguir a ciegas las pautas de lo que se supone que deberías ser.

Me encantan tus blogs y tu manera de expresarte. Tienes ideas muy buenas y logras transmitirlas al resto. Sigue así <3
muuuuuuuuchaaaas gracias de corazón…