Mi familia es, y continúa siendo, una de estas. ¿Diálogo?, ¿empatía?, ¿protección?… En mi universo no han existido jamás tales bondades por parte de mis padres ni mi hermana. La definición de «disfuncional» para una familia es relativamente reciente, pero yo ya experimentaba directamente las devastadoras consecuencias de pertenecer a una de ellas mucho antes de conocer el significado de tal término: los conflictos eran el pan de cada día, lo esperable era continuar siendo infeliz, desear escapar, odiar cada nuevo despertar.
Mi madre colocaba límites en situaciones totalmente normales para cualquier otra familia y derribaba inclementemente los que habrían sido necesarios. Ni existía el respeto ni se le esperaba: no había espacio para ello entre tanto grito y discusión desproporcionada.
Con tristeza puedo admitir que conozco demasiado bien lo que es no tener ninguna razón para sentir orgullo por mi clan. Todos y cada uno formaban parte del desastre, cada uno a su modo, inconscientes de su propia responsabilidad, de sus constantes desaciertos, del desamor que se sembraba a manos llenas en mi alma. Mi padre admitía abiertamente que prefería estar en el trabajo que en casa -de todos modos cuando estaba era más un problema que una ayuda-, y mi hermana merecería una especial mención por sus extravíos: el caos siempre fue su aliado.

A lo largo de la vida familiar es natural que surjan diferencias y desacuerdos, así como tensiones y problemas que resolver. Debido a la estrecha relación entre sus miembros, la conducta de cada uno puede afectar profundamente a los demás integrantes del grupo. Los conflictos que se gestionan de forma saludable son una buena oportunidad para el aprendizaje y desarrollo de cada quien, pero mal solventados pueden enquistarse e ir consumiendo desde dentro la confianza y el amor.
En la base de muchos enfrentamientos y disputas están la mala comunicación y la deficiente expresión de las emociones, la incorrecta interpretación de las intenciones del otro, los reproches, la excesiva rigidez -o, al contrario, la falta de orden-. En cierto grado todas estas circunstancias pueden entrar en los límites de lo normal, pero hay casos en que se traspasan estas fronteras, y es entonces cuando se ve en riesgo el equilibrio personal y cuando se ve comprometida la capacidad de ser feliz en el futuro.
Si en una familia se da un tono sostenido de tensión, si alguien de ese grupo se siente más cómodo o seguro fuera del propio hogar, si se teme que plantear cualquier pequeño problema desemboque en graves discusiones… entonces es necesario repasar con atención los mecanismos de interrelación.

A los padres se les presupone capacidad de ejercer como tales y se espera de ellos que sepan bien cómo cuidar emocional y psicológicamente de los hijos, pero la verdad es que no siempre se llega al momento en que se construye una familia con la habilitación necesaria.
Si llegamos al momento de construir una familia sin entender los principios básicos para compartir la vida podemos fallar a quienes más necesitan que no fallemos, y no una vez, sino muchas. El efecto puede ser devastador; por ello, resulta imprescindible crear las condiciones necesarias para que, cuando cada miembro regrese a casa tras su jornada de trabajo o estudio, ese espacio y ese tiempo sean propicios para sentirse protegido, sereno y comprendido. La casa propia ha de parecerse a un templo donde gobierne el respeto por el bienestar de todos los que allí habitan.
Si cultivamos pacientemente nuestra inteligencia emocional y nuestra capacidad de escucha activa poco a poco seremos capaces de modular nuestros comportamientos según cuales sean las particularidades y requerimientos de nuestra familia.
Practicando la autoconciencia amplificaremos nuestra capacidad para reconocer y comprender los propios estados de ánimo y podremos también identificar los cambios en las formas de ser y estar de nuestros compañeros de vida: así percibiremos los marcadores que señalan que algo no va bien y que hay que corregirlo antes de que cause más problemas.
Es importante aprender a manejarnos cuando nos asaltan los pensamientos negativos, cuando se despiertan la frustración o la ira, cuando nos sentimos incomprendidos o creemos que no se nos trata con justicia, cuando las palabras o los actos repetidos de alguien de nuestra familia nos hieren. Solo así podremos expresarnos sin resentimiento y de manera constructiva, sin pretensiones de manipular, con claridad, respeto y una actitud positiva, deseando siempre alcanzar un buen entendimiento.
Una herramienta indispensable es la empatía: si practicamos con frecuencia ponernos en el lugar del otro no nos resultará tan difícil interpretar las emociones y posturas de nuestro padre, madre o hermanos, y estaremos más cerca de llegar a soluciones nuevas para viejos problemas.
Es importante aprender a prever los «detonadores» de problemas: palabras, frases o situaciones que provocan que unos u otros estallemos sin posibilidad de echar atrás, y que suelen repetirse. Si los identificamos a tiempo tendremos margen para reaccionar bien, para expresar nuestras preocupaciones y reconducir la situación antes del desastre.
La tolerancia es indispensable: no podemos imponer a los demás nuestros pensamientos y actitudes, ni podemos ni debemos, y menos que nadie deberíamos hacerlo con la familia, así que compartir buenos hábitos con aquellos a quienes más queremos es un ejercicio indispensable y una gran inversión de futuro para todos.
Evidentemente no podemos revertir lo que ya hemos experimentado de niños y adolescentes -o llegados ya incluso a la juventud- con nuestra familia de origen, pero sí tenemos la opción de trabajar en las familias que como adultos hayamos creado para no repetir viejos y dolorosos patrones.

Gestionar lo vivido sin resentimientos y como aprendizaje, construir nuevas familias desde el respeto, la paz y la búsqueda de ese HOGAR en letras mayúsculas… mejor expresado, imposible. GRACIAS
muchas gracias María, personas como tú sois ejemplo vivo de cómo transmutar las dificultades en fortalezas.