La necesidad de cerrar ciclos

A menudo pienso que la vida es un largo pasillo flanqueado por distintos cuartos.
Usamos el tiempo que nos corresponde habitar este mundo abriendo una puerta tras otra, explorando la experiencia que nos aguarda en cada estancia… hasta que inevitablemente llega el momento de salir y dejar atrás esa habitación para adentrarnos en la siguiente.
Así son las edades de la vida: al comienzo del corredor está la infancia, con su dormitorio lleno de juguetes y su luz dorada; más adelante aguardan la complicada adolescencia, la retadora juventud, la madurez…

Pero puede suceder que nos resistamos a salir de una de esas habitaciones: entonces elegimos permanecer entre las mismas paredes mucho más tiempo del necesario.
Nos aferramos a lo que fue, al recuerdo de pertenecer a algo, y deambulamos repitiendo patrones, justificando nuestra inacción por temor a que lo que aguarde fuera no sea mejor que lo que allí vivimos.

Cerrar puertas puede llegar a resultar muy difícil. Requiere reconocer que una etapa concluyó definitivamente y que ya no seremos nunca más los mismos que la habitaron.
Sin embargo, cuando logramos hacerlo —sin rencor ni culpa— algo dentro de nosotros se expande. Se abre espacio para lo nuevo; reconocemos en nuestro llavero una nueva llave, destinada a esa otra habitación que nos espera más adelante, plena de aprendizajes aún por descubrir.

A veces se trata de una relación; otras, de un trabajo, de un lugar… y, en ocasiones, de una versión de nosotros mismos.
Cerrar un ciclo puede doler. Mucho. Implica aceptar que algo importante ha terminado para siempre.
Pero también es un acto profundo de esperanza.

Soltar no es olvidar ni renunciar.
Supone honrar lo vivido con gratitud y aceptar el movimiento natural de la vida: todo lo que nace, crece, se transforma… y finalmente, esa chispa mágica —ese milagro que fue esa forma de existencia— se suelta y se libera.

Nos cuesta cerrar puertas porque confundimos el final con el fracaso. Creemos que al dejar ir algo —una persona, una etapa, un sueño— supone admitir que fuimos demasiado débiles para conservarlo.

El apego nace del miedo: al vacío, a la soledad, a no saber quién somos sin aquello que ya no está. Nos aferramos a lo que conocimos porque queremos evitarnos el dolor de la separación definitiva. Pero lo cierto es que el dolor no se puede -ni se debe- esquivar indefinidamente, y que se alivia cuando aceptamos que el cambio está irremediablemente trenzado con la vida.

Cerrar no significa borrar. Tampoco obliga al olvido. Supone asumir que algunos cuartos, según avanzamos por el pasillo, serán más complicados de dejar atrás que otros, e implica entender que para abrir una nueva puerta será preciso renunciar a la anterior.

Hay personas que nos acompañan a lo largo de las estancias -una tras otra-, personas que están a nuestro lado cuando estrenamos llave, que caminan con nosotros durante años. Afortunadamente hay seres a los que podremos amar hasta el final de nuestro pasillo, cuando nos situemos frente a nuestra última puerta.

A menudo las palabras más acertadas sobre las despedidas son las que simplemente ponen nombre a lo que es.
La poeta uruguaya Idea Vilariño en su poema «Ya no» lo expresó con una claridad tan pura que duele y consuela al mismo tiempo:

«Ya no será, ya no,
no viviremos juntos,
no criaré a tu hijo,
no coseré tu ropa,
no te tendré de noche,
no te besaré al irme,
nunca sabrás quién fui,
por qué me amaron otros.

No llegaré a saber por qué ni cómo nunca,
ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti,
ni cómo hubiera sido
vivir juntos, querernos,
esperarnos, estar.

Ya no soy más que yo para siempre y tú
ya no serás para mí más que tú.
Ya no estás en un día futuro,
no sabré dónde vives,
con quién,
ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca
como esa noche, nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir».

Quizás, después de tanto cerrar puertas, finalmente aprendamos que, en honor a cada ciclo que se cierra, conviene más pronunciar un “gracias” que un “adiós”. Y es que en toda despedida, si lo pensamos con calma, germina la semilla de un nuevo comienzo.

admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba