Se espera de la Navidad que sea un tiempo de reencuentros felices: reuniones con una familia a la que, si no frecuentas durante el resto del año, alguna razón habrá; abrazos y conversaciones animadas alrededor de mesas bien vestidas, llenas a rebosar de comida y bebida.
En estas fechas parece obligatorio reunirse y que te guste, que lo disfrutes mucho y que se note… Si no participas del entusiasmo colectivo por las fiestas, es más que probable que te etiqueten como desconsiderado y raro, insociable, egoísta. Muy egoísta.
No tienes derecho a marcar una distancia de seguridad en Navidad. Aunque durante el resto del año no visites a la familia —y si no lo haces, evidentemente tendrás tus motivos, y deben de ser importantes para no tratarles más allá de lo imprescindible—, en esas fechas no puedes faltar.
Pero no es porque verdaderamente les importe demasiado que estés o no —dirán que sí, por supuesto, porque se supone que te quieren, pero a su manera—, sino porque tu ausencia señala una grieta en la blanqueada fachada de los eventos familiares. Porque las familias de bien, las familias felices, se reúnen en Navidad.
¿Qué dirá el resto de la familia, esa con la que tampoco apenas nos relacionamos, si no podemos presumir de reunión perfecta, si todo el mundo lo hace?
Sin embargo, no somos pocos quienes, llegada esta época, sentimos una mezcla de tristeza, hartazgo y ansiedad. Porque no todos los hogares son refugio, ni todas las reuniones significan paz.
Diciembre puede ser un mes muy duro: rememora vivencias dolorosas y ausencias que pesan. Dentro de quienes vivimos estas fechas con angustia, algo pide a gritos calma. Pide silencio.

No entiendo por qué existe la obligación de fingir alegría.
Existe una especie de guion implícito que todos conocemos: sonreír, brindar… todo el paquete necesario para demostrar que la familia funciona y que hay grandes razones para citarse. Todo lo que sea preciso. Aunque tengas que tragar hiel, porque es tu familia.
La Navidad trae consigo una larga lista de “deberías”: deberías pasarla en familia, deberías estar feliz, deberías olvidar las viejas heridas.
Y, sin embargo, la autenticidad no entiende de calendarios.
A veces, lo más sincero que podemos hacer es reconocer que no tenemos ganas de fingir más, que las reuniones navideñas nos cargan tanto que no podemos dejar de mirar el reloj esperando que llegue la hora de retirarnos.
Nos enseñaron que amar era quedarnos, incluso cuando duele. Pero tal vez amar —al menos a uno mismo— también suponga recogerse a tiempo, para no quemar del todo la esperanza de que algún día, también para nosotros, las Navidades sean una buena época.
Honrar las fiestas no tiene por qué significar repetir rutinas que nos vacían, ritos forzosos que te dejan como un calcetín sucio y del revés.
Creo firmemente que se puede celebrar desde otro lugar: el de la calma, el del respeto a los propios límites, el de la elección consciente de cuidar la energía que tanto nos ha costado recuperar.
No soy capaz de recordar unas Navidades felices… si acaso, alguna tranquila. Fue ya pasados los cuarenta, cuando mi padre falleció y declaré que, para mí, se habían terminado para siempre, que no iba a celebrarlas nunca más.
Pero para que eso sucediera he tenido que levantar, una y otra vez, las mismas barreras de protección: explicar que no quería reunirme y repetirlo del mismo modo ante las insistentes presiones para que cediera.
Yo nací un día de Navidad, y jamás eso ha parecido importarle a nadie. Mi deseo de cumpleaños es que existiera un puente mágico que me evitara estas fiestas.
Hay vínculos que no ofrecen abrigo: familias que no son capaces de sentarse para tener una cena tranquila; reuniones en que los reproches y las discusiones tienen mucha más fuerza que la educación; y donde el pasado ocupa demasiado espacio en la mesa como para que quepa la alegría.
Aceptar eso duele, porque desde pequeños nos enseñan que la familia es un lugar sagrado, un refugio incondicional. Pero la verdad es que no todos los refugios son seguros, y no todos los lazos de sangre son garantía de paz.
¿Acaso no es más sensato retirarse del lugar donde eres infeliz?
Hay quienes no saben acompañar sin herirte, ni escuchar sin juzgar; y aunque asumir esto entristezca, lo cierto es que, ya de adultos, no estamos obligados a permanecer donde nuestra energía se consume a marchas forzadas.
Cerrar la puerta puede ser un modo de preservar la cordura que tanto nos costó construir, de protegernos. Porque si hay algo seguro, es que el resto de nuestra vida conviviremos con nosotros mismos: la relación más importante a preservar es esa, y no otra.
Hay personas para las que la mejor celebración no ocurre entre risas y villancicos, sino en la libertad de elegir dónde y con quién quieres estar. No se es mejor persona por celebrar a la fuerza lo que no quieres festejar.

Podemos encender una vela, preparar tranquilamente una cena sencilla y disfrutar de que el resto del mundo está ocupado y de que nadie nos molestará.
Podemos escribir una carta sobre lo que queremos dejar atrás y otra para dar gracias por lo que ya tenemos. Podemos romper en mil pedazos la carta de despedida y guardar la de gratitud en un libro —para encontrarla inesperadamente algún día, cuando ya nos hayamos olvidado de que estaba allí—.
Podemos pasar la Nochebuena y la Nochevieja viendo viejas películas, o en compañía de un buen libro, con música agradable, sin ruido ni explicaciones.
Porque en la calma también se puede celebrar: celebrar la honestidad de uno mismo al defender su modo de vivir, sin obligar a nadie a hacer nada que no desee; festejar la madurez propia y la elección consciente de permanecer en paz en estas fechas.
Cada vez que tomamos la decisión de cuidarnos, apostamos por nuestra propia felicidad.
Quizá este año no haya una foto tuya con la familia “perfecta” para colgar en las redes sociales, pero será tu propia Navidad… y será auténtica.
