Nada logra escapar de la atracción que generan con su fuerza gravitatoria los agujeros negros. Se localizan en el centro de las galaxias y acumulan infinitamente cuanta materia llega a ellos porque ejercen sobre la luz y sobre cualquier objeto próximo un magnetismo imposible de esquivar.
A lo largo de la vida nos relacionamos con personas que son así: consumen tu atención, te desproveen de tu energía y devoran tu valioso tiempo. Los agujeros negros se originan de los restos fríos de antiguas estrellas: en un tiempo fueron enormes astros, pero quedaron en esta última fase de evolución. Otros cuerpos celestes se convierten en estrellas de neutrones o estrellas blancas, en cambio estos oscuros y hambrientos puntos en el universo repliegan sobre sí mismos la fuerza.
La solución para evitar caer presos de la relación de difícil retorno con aquellos que nos absorban y anulen pasa inevitablemente por esquivar su radio de acción. A simple vista no son fácilmente identificables… así que podemos medir su influjo por las señas de identidad, el amor propio y el bienestar emocional que vamos perdiendo en el camino que hacemos con ellos.

Somos seres sociales y precisamos de los demás así que es tarea obligada cultivar con el transcurso de los años el arte de saber hacerse acompañar bien. De no aprender a hacerlo podríamos quedar atrapados en las redes de este tipo de personalidades devoradoras de universos ajenos. Habitualmente se les denomina gente tóxica pero para mí resultan aún más peligrosos: de un veneno, de saber que lo es, no bebes… pero de un negro y atrayente agujero en forma de familiar, pareja o amigo, no tienes capacidad de retirada a no ser que te mantengas a una adecuada distancia de seguridad.
El día a día con este tipo de personas deteriora la vida personal de modo extremadamente grave porque siempre tienen preparada una crítica destructiva, el reclamo de atenciones infinitas y su voraz pesimismo para nuestros más preciados proyectos. Jamás motivan, sólo inhiben. Ni conocen la empatía ni jamás escucharon hablar de algo así. Con ellos siempre hay un grado de tensión y no lograrías relajarte a su lado ni con cuatro bolsas de valeriana en tu taza de infusión. Quien genera esta nube destructiva no suele ser consciente de su comportamiento pero provoca el declive de quienes les rodean si no son capaces de mantenerse a salvo.
Los seres-agujero no pueden sentirse felices. Anhelan lo que creen que no tienen y sufren constantemente porque se frustran, así que como carecen de capacidad resolutiva propia se nutren de recursos ajenos. Jamás admitirían su propia mezquindad pero no son aptos para motivar o acompañar, y ni mucho menos para consolar. Una vez los detectemos, cueste lo que cueste, hay que preparar la partida.
