Una persona en exceso reactiva es aquella que responde de modo desmedido e injustificado ante cualquier situación, mientras que para cualquier otro esa misma circunstancia sería algo perfectamente sostenible e inocuo.
Alguien reactivo emocionalmente vive constantemente a la defensiva porque suele percibir los encuentros interpersonales como una amenaza, como un cuestionamiento a su forma de ser y comportarse. Si revisas con atención las actitudes de quienes te acompañan en tu día a día es muy probable que identifiques a alguien que responde así al sentirse insegur@, tendiendo a tergiversarlo todo, mostrando nula empatía hacia el malestar que puede causar en el interlocutor su exagerada respuesta a un comentario formulado sin intención de daño, rumiando las posibles razones por las que hemos dicho esto o lo otro.
Las personas reactivas emocionalmente viven limitadas porque permanecen psicológicamente rígidas. La sensación que experimentan al relacionarse con el mundo es de soledad, por lo que tienden al autoaislamiento, e interpretan con demasiada rapidez lo que significan o no para los otros, dándose por ofendidos, por ignorados, por perjudicados. Muy a menudo muestran una evidente falta de autocontrol, ya que expresan su descontento de forma cruda e hiriente. Viven en la sospecha y se alimentan de ella para sus autojustificaciones. Echan mano de la ironía pretendiendo demostrar agudeza o inteligencia, cuando de lo que en realidad hacen gala es de su mala educación.
La dificultad para regular los propios sentimientos se va cronificando y se pierde la capacidad para conectar con el ritmo ajeno, de manera que quien experimenta las relaciones como algo conflictivo y desazonante se desgasta a sí mismo y a cuantos le rodean. En absoluto es sencillo compartir el día a día con alguien así. Podríamos rastrear el origen de este tipo de personalidad en una familia de origen disfuncional, o en entornos difíciles. Incluso relacionar este tipo de patrón conductual con estados de ánimo depresivos y/o con conductas adictivas (relación desequilibrada con la comida, con el alcohol, las compras, medicamentos para dormir…). El caso es que resultan muy difíciles de soportar, y el encuentro con ellos promete nubes negras y chubascos intensos. Logran que sea preferible tragarse sin respirar un frasco entero de guindillas que pasar toda una jornada a su lado.

Lo que urge, para una mejor convivencia, es ayudar a las personas emocionalmente reactivas -si es el caso de que alguna de las que tratamos nos importa lo suficiente como para implicarnos en la tarea- a aprender a identificar, entender y manejar las emociones de manera racional y flexible. Resulta imprescindible hacerles entender que no todo debe tomarse de modo tan personal, y que los significados que encuentran en las conversaciones y actitudes ajenas no tienen por qué señalar ni agredir a nadie de forma intencionada. Para ello tienen que practicar la buena comunicación y desarrollar habilidades sociales, lo cual exige tolerancia, autoestima y confianza. Tener metas propias es absolutamente beneficioso, ya que poner el centro de atención en los proyectos que más ilusionan obligan a distraer la mira de las motivaciones ajenas.
Las personas emocionalmente reactivas se bloquean a la hora de asumir sus errores, les resulta más sencillo culpabilizar a los demás y esconderse detrás de la supuesta mala fe ajena, se molestan por todo y les salta la alarma a la mínima de cambio. Sobredimensionan las dificultades y provocan que todo el que pueda hacerlo salga corriendo despavorido. No inician ningún cambio profundo porque ello implicaría dejar de victimizarse, así que perpetúan los problemas y responsabilizan al otro de ello. Son un lamento continuo y viven en una inacción eterna. Decir que sólo se miran el ombligo es quedarse muy corto.
El reactivo se preocupa tanto por sí mismo que no considera ninguna otra perspectiva tan valiosa como la suya, así que frenar estas actitudes le llevará tiempo y mucho autocontrol. Debería aprender a no dar respuestas inmediatas en asuntos delicados para no deteriorar aún más la convivencia, y entender que todos somos co-creadores, y no tan a menudo sufridores inocentes. En vez de reaccionar desmedidamente, el reto para la persona emocionalmente reactiva es asumir un proceso de reconstrucción profundo, reconduciendo los pensamientos tóxicos hacia emociones más positivas.
«Unos lloran con lágrimas,
otros con pensamientos».
Octavio Paz.
