Hay experiencias que concluyeron hace años, incluso décadas, y aun así nos remueven y retuercen. Cuando vuelven a nuestra mente parece que una lanzadera nos remitiera a la misma angustia de entonces, a idéntico dolor, y volvemos a sentirlo a la manera de entonces.
Aunque el pasado ya haya quedado atrás, no lo hemos superado si continúa doliendo tanto. Si algo de nosotros quedó colgado allí, a no ser que lo revisitemos para desatarlo, permaneceremos aún sujetos a la estela negra de las personas que nos hicieron más daño. Nuestras peores experiencias no quedan definitivamente lejos solo porque el tiempo avance y la vida corra.
Por si fuera poco sufrir rememorando los traumas, muchas personas se reprochan a sí mismas el no poder olvidar. Se dicen que ya debería estar superado, que sucedió hace mucho, que no tendría que afectar tanto. Pero el dolor emocional no se mantiene vivo por debilidad ni por falta de voluntad: continúa mordiendo porque en su momento no se dispuso de recursos suficientes para procesarlo correctamente. Faltaron el apoyo, la escucha, el amor. Cuando una experiencia nos desborda nuestros sistemas hacen lo que pueden: lo guardan sin procesarlo del modo adecuado. Y al pasar de los años esas experiencias zumban, resoplan y sueltan humo rojo.
El cuerpo recuerda lo que la mente intentó olvidar. Incluso aunque conscientemente “no pensemos” en lo ocurrido, el cuerpo sí lo rememora: en forma de tensión, a modo de reacciones desproporcionadas, como angustia que aparece sin una causa clara…
No es que el pasado vuelva para repetirse del mismo modo. Es que nunca se marchó del todo.
Reprocesar las malas experiencias no implica revivirlas
Al volver una vez más la mirada, con conciencia y cuidado, sobre las situaciones que más nos hicieron sufrir, podremos encontrar un nuevo significado a lo sucedido. Ahora bien: no se alcanza un nuevo sentido pensando, sino viviendo de diferente modo la experiencia en el presente.
No sirve procurar entenderlo racionalmente, ni forzarse a perdonar. Tampoco es efectivo buscar el lado positivo teorizando acerca de lo que es bueno para nosotros. El significado no cambia porque decidamos otro relato.
Cambia cuando la experiencia emocional se procesa de otra manera.
Entonces, ¿cómo se logra realmente?

Volver con recursos
La diferencia fundamental entre revivir y reprocesar es que entonces no había elección, ni sostén, ni capacidad de asimilar lo sucedido. Ahora sí. Volver con conciencia significa contemplar y entender el pasado sabiendo que estás en el presente, pudiendo parar y descansar si lo necesitamos.
Supone poder confiar que ahora aquí hay alguien capaz que se hace cargo: nosotros mismos, en disposición de recursos que en aquel entonces no podíamos ni soñar.
Sentir sin desbordarse
La experiencia del nuevo significado no se instaurará mientras nuestro sistema nervioso esté en estado de alarma. Por eso es clave moverse despacio al recuperar los recuerdos dolorosos, dosificando la emoción y notando que nuestro cuerpo está aquí y ahora.
Puede ayudar poner atención a la respiración y a los apoyos de los que disponemos: a veces basta con notar los pies en el suelo o apoyar la espalda en la pared mientras el recuerdo reaparece.
Cuando las emociones del pasado puedan comenzar a sentirse sin que colapsemos, algo ya estará cambiando.
Validar lo que entonces no fue validado
Muchas heridas persisten porque en su momento nadie te acompañó. No hubo quien supiera decirte que aquello era demasiado duro, que tenías pleno derecho a sentirte mal, y que no estabas exagerando.
Entender que tu sufrimiento fue legítimo (y que lo viviste en soledad, si fue el caso), puede ayudar a reorganizar la experiencia pasada.
Distinguir pasado y presente
El sistema nervioso necesita una actualización muy concreta: asimilar plenamente que aquello pasó, pero que ya no está pasando. Puede parecer obvio, pero si aún duele tanto, no lo es.
Ayuda nombrar la edad que tenías entonces, y rememorar los detalles de cómo eras y cómo vivías. Y notar en cambio cómo es tu realidad ahora, identificando los recursos de los que ahora dispones. Entonces se aflojará la tensión y se liberará gran parte de la carga emocional.
Integrar desde una perspectiva más amplia
Lograr atribuir un nuevo significado no significa en ningún caso excusar ni minimizar lo ocurrido. Implica comprenderlo desde un lugar más adulto, con mayor fuerza mental que nunca antes. Integrar los aspectos más dolorosos de nuestro pasado nos permitirá entender el efecto de los contextos que habitamos, y nos ayudará a superar los errores que cometieron con nosotros. Podremos admitir que hubo muchos aspectos que jamás pudimos controlar, y podremos dejar de identificarnos con aquella versión de nosotros.
Dejar que el cuerpo complete lo que quedó inacabado
Llorar lo que no se lloró, expresar una última vez la rabia contenida, decirnos lo que no pudimos contar entonces, puede ayudarnos a registrar que aquello ya terminó.
Es muy probable que, una vez reprocesado el viejo trauma, experimentemos alivio, neutralidad y distancia emocional, compasión y serenidad, y que ya no reaccionemos ante el recuerdo como hasta ahora. El dolor de lo sucedido ya no nos identificará y pasará a ser una experiencia entre otras tantas. Importante, pero superada.
En definitiva: retornar al pasado una última vez con conciencia nos permitirá dotarnos de lo que entonces nos faltó para poder asimilar la experiencia sin que rememorarla nos deje a carne viva. Podremos recordar sin que nos hiera como si no hubiera dejado de suceder.

El presente como espacio de reparación
Podríamos tomar prestado de la bioneuroemoción el término de retrocausalidad emocional para explicar este proceso de reelaboración de experiencias pasadas -un concepto que es apasionante-. El reprocesamiento de lo vivido nos aportará lo que entonces necesitamos y de lo que no dispusimos: compresión del proceso, seguridad, soporte, perspectiva y capacidad de escoger.
No cambiamos lo que ocurrió. Cancelamos el devastador efecto que lo ocurrido haya tenido hasta la fecha en nosotros, y ello permitirá que el pasado deje de expresarse a través de síntomas físicos, de somatizaciones, de reacciones automáticas y de bloqueos.
Un ejemplo sencillo: un hombre adulto fue ignorado, ridiculizado o invalidado cuando era pequeño.
Hoy, cada vez que se expone a la atención y el escrutinio ajeno, su cuerpo se posiciona en alerta. Su corazón se acelera, su boca se queda seca, y puede experimentar una sensación de vértigo.
No le sucede todo esto porque hoy esté ocurriendo lo mismo de entonces, sino porque su cuerpo aprendió que exponerse no era seguro. Y se lo recuerda a modo de límite, incapacidad, bloqueo.
Otro ejemplo: imagina a una mujer que, cuando aún era pequeña, tuvo que madurar antes de tiempo.
Responsabilidades que no correspondían a su edad, padres emocionalmente ausentes o desbordados…
En ese momento aprendió a pensar que si no se hacía cargo, todo se desmoronaría.
Algo así no se vive como una decisión, sino como un modo de supervivencia.
Años después, esta persona se siente permanentemente agotada sin saber por qué, le cuesta pedir ayuda, vive con una exigencia interna constante y se siente culpable cuando descansa.
Intelectualmente puede saber que no tiene que cargar con todo, pero su cuerpo y sus emociones no lo saben.
En el reprocesamiento, al contemplar esa etapa desde el presente para reubicarla no se pretende analizarla, sino llegar a poder habitarla sin que duela.
Reelaborar aquella vivencia implica entender que aquella niña, adolescente o joven, era demasiado pequeña para sostener todo aquello sola. Hizo lo que pudo por adaptarse y sobrevivir psicológicamente.
Es probable que durante el proceso de retrosignificación esta mujer experimente cansancio profundo, tristeza y rabia por no haber sido bien cuidada. Pero poco a poco, el enfoque se moverá desde el sentirse responsable de todo hacia la conciencia de que ni entonces ni ahora nadie puede, ni debe, cargar el mundo sobre sus hombros. Su cuerpo entonces percibirá que hoy sí se dispone de capacidad de elección, y que no todo puede depender de una única persona. Y podrá aflojar la tensión.
Este desplazamiento tiene un efecto muy potente: evidentemente no borra la historia personal, pero sí permitirá que ya no haya identificación. Esta mujer encontrará menos difícil pedir ayuda, podrá descansar sin culpa, y su cuerpo y su mente dejarán de estar siempre en alerta.
Cuando desde el presente, y del modo adecuado, logramos nombrar la experiencia, validarla y volver a sentirla en un contexto seguro, el sistema nervioso puede actualizar la información y entender que ahora ya no estamos allí ni somos los mismos.
Sanar no consiste en olvidar, ni en justificar lo que pasó. Consiste en dejar de vivir desde allí.
Cuando logramos integrar la experiencia dolorosa esta dejará de dirigir el presente, y ya no nos quebrará cada vez que el recuerdo nos sobrevuele. La herida se habrá cerrado.
El pasado no cambia, pero la relación que tenemos con él, sí.
