Podemos estar sufriendo ansiedad de manera recurrente y no ser conscientes de ello porque desconocemos que signos como el insomnio, las molestias de estómago repetidas, la sensación de angustia en el pecho o la dificultad para respirar relajadamente son indicadores de ello.
Detente un minuto y obsérvate a ti mism@. ¿Piensas una y otra vez las mismas cosas, rumiando las ideas más te perjudican y limitan?. ¿A menudo te reconoces en un estado de preocupación crónico?. ¿Te sientes responsable de todo y todos?.
La persona que desarrolla un perfil de ansiedad siente que necesita mantener las cosas bajo su control y frecuentemente acostumbra a cargarse de responsabilidades que no tendría por qué asumir (aunque firmemente crea y sostenga que sí, que es imprescindible que lo haga).
La ansiedad desgasta la mente y nos resta capacidad de concentración y memoria: se vive el día a día sintiéndose electrizado pero resultando inefectivo. En el ámbito emocional una nube de pesar y pesimismo cubre al ansioso, que parece estar siempre temiendo que suceda lo peor.
Experimentar ansiedad provoca que inconscientemente nos distanciemos de quienes son más cercanos y provoca que se hallen cada vez más razones para esquivar las relaciones interpersonales. El sistema nervioso está fatigado por la tensión psicológica y se encuentran dificultades e inconvenientes gigantes allí donde no existe otra cosa que la realidad del día a día.
El cuerpo también responde mal a la fuerte presión que supone sufrir ansiedad: nos vamos quedando más rígidos porque como respuesta al estrés los músculos se contraen y tensan. Podemos experimentar dolores cervicales, de espalda y de cabeza.
Habitualmente entendemos que alguien que padece ansiedad lo manifiesta en los ataques de pánico, pero hay señales mucho más sutiles y constantes que apuntan en la misma dirección, aunque no sean tan ruidosos y llamativos: percibir el propio corazón desbocado ante situaciones aparentemente sin importancia, temer acudir a reuniones sociales o desarrollar hábitos compulsivos y poco saludables en la alimentación -de hecho, uno de los signos más frecuentes es experimentar un llamativo aumento o disminución del apetito, sin aparente causa-.

El alivio de la angustia que provoca sentir ansiedad pasa en primer lugar por mantener una actitud lúcida y no dejarnos arrastrar por el miedo. Si respiramos profundamente y vamos poco a poco acompasando el ritmo, el temor terminará suavizándose. Lo ideal es emplear la respiración abdominal y no la torácica: inhalamos hinchando el vientre, nos detenemos con atención en la pequeña pausa que de forma natural sigue, exhalamos desinflamando el abdomen y reparamos en la breve parada posterior al movimiento en que soltamos el aire. Si introducimos esta sencilla pauta en nuestra vida cuando nos sintamos en dificultades pronto se insertará en nuestros mejores hábitos.
Si no eres capaz de pensar bien de ti mism@ y de quienes te rodean, de lo que sucede o de lo que está por llegar, al menos no pienses mal. Baja el volumen a esos pensamientos que sólo aportan ruido y malestar y entretanto pasan, llena tu tiempo con alguna otra actividad: sal para un breve paseo o date una ducha, pon una canción, prepara una infusión y un bol de fruta o lee con atención unos párrafos de tu libro favorito.
No esperes a sentir tanta tensión acumulada que un día explotes como si reventara una caldera de gas. Exprésate del modo en que elijas, comparte con las personas de tu confianza tu inquietud o trabaja con ella escribiendo o dibujando lo que te hace sentir mal. Hazlo una vez y luego suéltalo, despréndete de ello como el que afloja un nudo. No caigas en la dinámica de quejas eternas y sin solución. Desahógate y pasa a algo útil.
Siempre que sea posible vive al ritmo en que te sientas cómodo y deja atrás las prisas. En lugar de levantarte con la hora pegada para llegar a tus responsabilidades hazlo veinte minutos o media hora más temprano y desayuna tranquilamente. Cuida lo que comes y mima los detalles, bebe en tu mejor taza y vístete con ropa bonita, organiza tu jornada y reserva un margen de tiempo a lo largo del día para relajarte o hacer deporte. Conserva una saludable relación con tu cuerpo y no lo maltrates, procura entender qué hábitos te hacen sentir mal y reemplázalos por otros más equilibrados. Responsabilízate de tu propio bienestar.
