¿TENEMOS RECUERDOS DE VIDAS PASADAS?

La primera pregunta a formularte a tí mism@ sería si crees que hemos tenido una -o varias, acaso muchas- existencia física anterior a la actual. Si así fuera y el alma no pereciera con el cuerpo, ¿podríamos traer al presente recuerdos y experiencias de vidas antiguas?. De acuerdo a la creencia en la reencarnación de las almas todos tendríamos un aprendizaje nuevo en cada una de nuestras formas corporales, y el ser espiritual evolucionaría de vida en vida de modo semejante a como lo ha hecho nuestro soporte físico como especie a lo largo de la historia del hombre.

Si quisiéramos indagar en anteriores existencias podemos servirnos de la útil guía de aquellos lugares y épocas con los que sentimos una fuerte familiaridad: en mi caso siento un eco que llega desde un tiempo medieval en una humilde existencia campesina, y también desde un periodo victoriano y un salón con poca luz y ventanas con pesados y polvorientos cortinajes. Acaso sean resonancias de experiencias vividas en otras fechas...

Cuando veo imágenes de olas grandes en movimiento experimento una angustia inexplicable y siento que alguna vez cesó mi respiración cuando me ahogué. Puedo percibir cómo me envuelve y empuja, puedo experimentar el peso del agua sobre el pecho y el tacto frío de su mortal abrazo en la piel. Yo nunca he sido capaz de aprender a nadar ni de sumergir por completo la cabeza en el agua sin experimentar ansiedad.

Muchas veces he soñado que reptaba por un túnel cada vez más estrecho, que me arrastraba bajo tierra hasta llegar a un espacio tan angosto que ya no podía avanzar ni retroceder, sabiendo que allí moriría sin remedio. Me he visto también en varias ocasiones a lo largo de los años en un pasaje subterráneo de excavación minera, avanzando por los raíles montado en un carretillo metálico viejo y desvencijado. Montado, en masculino, y digo bien, porque me sabía en aquel episodio hombre y no mujer.

Puede este planteamiento resultar molesto y confuso para muchas personas, de hecho probablemente nunca se encuentren pruebas científicas para nada de todo ello, por lo que queda en una percepción absolutamente personal. Pero, ¿acaso no es la realidad de dios también indemostrable?… y no por ello es menos cierta para quien cree.

¿Y si de vida en vida nos reencontráramos con los seres amados (o temidos), bajo diferente forma física y patrón relacional?. Podemos encontrar muchos testimonios de personas que vivieron experiencias cercanas a la muerte, relatan que regresaron a este plano compartido desde otro lugar donde se experimentaban la calma y el silencio, y donde se percibían figuras familiares muy próximas. En la mayor parte de las ocasiones dicen haber comprendido que al fallecer iniciamos una transición hacia otro modo de ser y de estar: hay relatos similares de personas de toda condición y procedencia, ya tuvieran convicciones religiosas o no, y su narración les hermana en múltiples aspectos.

Los antiguos egipcios creían en la resurrección y momificaban con sumo cuidado los cadáveres de sus faraones para que cuando el alma regresara les concediera de nuevo vida. Para ellos era siempre el mismo espíritu quien retornaba cruzando el umbral que separa la muerte de vida.

Filósofos de la antigüedad griega especularon acerca de otras vidas tan reales como esta misma que conocemos: Pitágoras afirmaba ser capaz de rememorar varias de sus vidas pasadas y Platón se refería a un mundo superior al que el alma pertenecía y cuya verdad añoraba, buscándolo sin descanso en la transmigración de existencia a existencia.

El Hinduismo promulga la reencarnación y les sirve para justificar sus sistema social de castas: en cada vida, ya sea bajo un techo de paja o sobre una cama con dosel de oro, en miserable o abundante supervivencia, el hombre aprende algo diferente y necesario.

El Budismo explica que cada alma escoge el vientre materno que le gestará. Al Dalai Lama se le considera reencarnado 14 veces desde 1391. Para los budistas es claro que los seres sensibles llegan desde una existencia anterior, y vuelven a nacer después de morir. Dicen que el alma puede reconocer lugares y personas anteriores y significativos: el budismo tibetano promueve la investigación entre las memorias más lejanas para alcanzar a recordar vidas antiguas.

La física moderna declara que la energía no se genera ni se pierde, sino que se transforma: entonces, según esto, ¿acaso no es imposible la muerte definitiva de la conciencia?. La Ley de la conservación de la energía (y de la materia, en cuanto está constituida por la vibración de las fuerzas energéticas), explica cómo en una reacción química los átomos se reordenan, pero no desaparecen. Acaso entonces la muerte sea el portal a una reorganización. Antoine Lavoisier midió en un recipiente cerrado las masas de aire y sólido antes y después de un proceso de combustión y concluyó que la suma de la masa de los reactivos es igual a la suma de la masa de los productos.

La fuerza espiritual, la chispa vital, el alma, se transforma de vida en vida, pero ni se crea ni se destruye. En el universo en su integridad la energía se conserva constante. Albert Einstein formuló el Principio de equivalencia energía-masa, que explica cómo de la energía se obtiene materia -y viceversa-. Quizás cuando el hombre particular fallece su esencia no se extravía irremediablemente, quizás viaje a otro cuerpo, tal vez podamos sostener diferentes personalidades y construir distintos recuerdos de tiempo en tiempo.

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