Objetos que son memoria

«Quizá estamos aquí para decir: casa,
puente, fuente, puerta, jarra…»
— Rainer Maria Rilke, Novena elegía (Elegías de Duino)

Hay objetos que no son solo cosas.

Una taza astillada en el borde. Una prenda desgastada y descolorida de tantos lavados. Una carta doblada tantas veces que amenaza con romperse por los pliegues.

No son cosas. Son huellas.

Basta abrir un cajón y encontrar una de esas piezas para que vuelvan a nosotros emociones antiguas:
rememoramos una compañía, la vibración de una época, y de alguna manera volvemos por un instante a ser quienes fuimos entonces.

Hay determinados objetos, apenas unos pocos a lo largo de toda una vida, en los que depositamos memorias amadas.

Las texturas del recuerdo

Hay telas que te devuelven una caricia. Vajillas que resuenan con voces de quienes ya no se sientan a nuestra mesa. Llaves que abren puertas que ya no existen.

Cuando dejan de ser necesarios para nuestra vida cotidiana, guardamos con especial cuidado algunas de nuestras pertenencias. Conservar esos objetos es un modo de honrar el pasado. Guardarlos es una forma de recordar que lo vivido importó, que contribuyó a que seamos quienes somos. Conservar estos vestigios significativos puede constituir un gesto de amor hacia nuestra propia historia.

Un objeto reelegido crea un puente mágico entre diferentes versiones de nosotros. Rememora que fuimos vulnerables, intensos, ingenuos, valientes. Nos recuerda que transitamos a través de duelos y de celebraciones. Que amamos. Que resistimos. La materia trasciende así en símbolo.

Es hermoso pensar que algo sencillo -un libro, una fotografía, un joyero- pueda acompañarnos a lo largo de años. Y que incluso llegue a ser heredado por alguien a quien amamos. Quizás esa persona lo conserve, y lo cuide. En ese objeto siempre quedará algo de nuestra particular manera de ser, y de estar, en el mundo.

admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba