Hasta el día de hoy puedo contar dieciocho perros a mi lado a lo largo de mi vida. Ninguno fue igual a otro y, sin embargo, todos fueron profundamente amados.
Solo tengo palabras de amor, gratitud y respeto hacia cada uno de ellos, porque lo que he recibido de su compañía ha sido infinitamente mayor que cualquier cosa que yo haya podido ofrecerles.
He sido profundamente afortunada por compartir con ellos el tiempo que pisaron esta tierra. Todos, sin excepción, han sido maestros de vida mucho más allá de lo que las palabras pueden explicar.
Recuerdo ahora especialmente a uno de ellos: Moka.
Murió en marzo de 2025, después de atravesar una enfermedad difícil. Mientras luchaba por su vida, a su manera —sin queja, con una dignidad que a día de hoy aún me conmueve y enorgullece— me recordaba cada día algo esencial: que la vida solo sucede aquí y ahora, y que al final, quizá lo único que verdaderamente importa es amar… y sentirse amado.

En esta foto Moka ya estaba enfermo. Caminar empezaba a costarle mucho, y había días en los que apenas tenía fuerzas. Aun así, mi hija y yo seguíamos llevándolo con nosotras a nuestra cafetería favorita cerca de casa. Parte del recorrido lo hacía él. El resto… en brazos.
Él caminó junto a nosotros durante tantos años, siempre feliz por formar parte de la familia, que llegados sus últimos momentos sentimos que éramos nosotros quienes tuvimos el privilegio de acompañarle a él.
Los perros no viven atrapados en el ayer ni angustiados por el mañana. Habitan el presente con una inocencia que los seres humanos poseemos en la infancia y que, una vez extraviada, muchos pasamos el resto de nuestra vida intentando recuperar.
Cuando Moka enfermó, nos recordó que amar también es sostener. Es adaptar el paso. Es cargar en brazos a quien tantas veces sostuvo tu alma sin tan siquiera saberlo.
Ellos viven anclados al presente de una forma que los seres humanos rara vez logramos. No arrastran rencores de hace diez años ni se angustian imaginando lo que ocurrirá mañana. Habitan el instante con entrega absoluta: disfrutan del sol sobre su espalda, de una caricia, del sonido de nuestra voz, de una rutina compartida.
Quizá por eso su compañía resulta tan sanadora. Porque junto a ellos recordamos lo esencial.
Moka me enseñó especialmente eso durante su enfermedad. Mientras nosotros sufríamos anticipando su pérdida, él era capaz de encontrar la felicidad en cosas pequeñas: salir unos minutos a la calle, apoyarse en nosotros en la cama, descansar escuchando nuestras voces o recibir un trocito de comida que le gustaba especialmente. Su cuerpo empezaba a agotarse, pero su capacidad de amar seguía intacta.
Los perros nos enseñan a vivir el presente, y también nos recuerdan cómo amar en las etapas más difíciles. Porque amar a un animal cuando es joven, bello, fuerte y alegre resulta sencillo. Lo verdaderamente transformador llega cuando el tiempo empieza a dejar huella: cuando aparecen las enfermedades, el cansancio, la fragilidad y el miedo a perderlos. Entonces el amor cambia de forma, y es más necesario que nunca.
Se vuelve más silencioso. Más paciente. Más consciente.
Querer, entonces, significa adaptar el paso al suyo. Levantarse por la noche siempre que nos necesiten. Aprender a sostener el ánimo para no fallar a quien durante tantos años confortó nuestra alma con su sola presencia.
Y quizá esa sea una de las lecciones más profundas que ellos vienen a enseñarnos: que el amor verdadero no desaparece cuando llegan las dificultades. Al contrario. A veces es precisamente ahí donde revela su forma más pura.
Desde tiempos ancestrales, los perros nos han ofrecido mucho más que compañía. En numerosas tradiciones han sido considerados guardianes espirituales: protectores del hogar y de la familia, centinelas silenciosos capaces de percibir aquello que nuestros ojos no siempre alcanzan a ver.
Somos muchos quienes hemos sentido que la presencia de nuestros perros cambia la energía de la casa. Su sola existencia aporta calma al espíritu, porque son capaces de una forma de amor tan limpia que resulta imposible no rendirse ante ella.
Hoy, cuando pienso en todos los perros que han pasado por mi vida, entiendo que cada uno dejó en mí una enseñanza acerca del valor de vivir en presencia, y veo claro que todos fueron prueba viva de lealtad y amor incondicional.
Y aunque sus vidas siempre nos parecen demasiado breves, quizá ahí reside también parte de la fuerza de su mensaje: en recordarnos que el amor verdadero nunca se mide en años, sino en intensidad, en compañía y en recuerdos que permanecen para siempre.
Moka ya no está físicamente con nosotros, pero de algún modo sigue aquí. Siempre estará. Él y cada uno de los animales a los que he tenido la fortuna y el orgullo de amar y cuidar.
