«No cabe duda. Esta es mi casa
aquí sucedo, aquí me engaño inmensamente.
Esta es mi casa detenida en el tiempo»
Mario Benedetti.

Qué bueno es llegar a casa, dejar a un lado las llaves y descalzarse. Se cierra la puerta y fuera queda todo aquello que nos obliga: el trabajo, los compromisos, el ruido y el tráfico. Cada hogar es un espacio tan preciado que deberíamos ser conscientes de la importancia de escoger y cuidar lo que allí sucede. El tiempo que estamos en casa, y todo lo que hagamos en ella, ha de ser valorado y respetado como algo casi sagrado.
Si tenemos la fortuna de vivir en un lugar a nuestro gusto somos privilegiados: cuántas otras personas desean y merecen algo parecido y no lo alcanzan. Como reza el refrán, «es de bien nacido ser agradecido», así que es positivo pensar en lo que significa poder tener un lugar en el que lamerse las heridas y festejar los éxitos con aquellos que más nos importan.
Si acompañamos nuestra reflexión acerca de ello con un ritual lograremos intensificar la comunión con el espacio donde vivimos: podemos prender una varilla de incienso y recorrer, descalzos y en el sentido de las agujas del reloj desde la puerta de entrada de la casa, todas y cada una de las estancias, hasta completar el recorrido y retornar al punto de partida.
Mientras caminamos pronunciaremos esta fórmula, o improvisaremos una de propia creación, acompañándonos de calma y emoción:
«Suelto, libero y deshago la tristeza que aquí haya quedado enredada antes. Desato la amargura, los errores propios y ajenos, los bloqueos y los resentimientos, que caen ahora para siempre como las viejas hojas se desprenden del árbol.
Pido Protección, Claridad, Valor y Luz para seguir el sendero apropiado.
Pido el mayor de los bienes para todo y para todos quienes aquí moramos, que sepamos dar y que apreciemos el recibir. Que seamos un apoyo y no un obstáculo. Una compañía y no una molestia.
Agradezco el amor que recibo, la comida que me alimenta, la ropa que me viste y este hogar que me cobija. Doy gracias por disfrutar de una familia junto a la que recorrer esta travesía que es nuestra vida compartida.
La abundancia nos acompaña y la alegría tintinea. La salud nos premia y colaborar nos satisface.»
Una vez concluido el pequeño ritual, podemos prender una vela, poner algo de música suave, cocinar algo para compartir o descansar un rato. Hagamos lo que hagamos, que las siguientes horas en casa perdure la conciencia de que nuestra casa es un lugar ahora un poco más sereno, más claro y equilibrado. Más feliz, como nosotros mismos. Poco a poco, un poco más.
